Posteado por: maganto | 30 octubre, 2011

35 años de Ronda Segoviana

La Ronda Segoviana en las escalinatas de San Martín, con motivo del homenaje por su 35 aniversario. Fotografía: Esther Maganto, octubre 2011

El pasado 23 de octubre, dos días antes de la celebración de la Festividad de San Frutos, los segovianos se reunieron en un lugar emblemático, junto a la estatua de Juan Bravo, para conmemorar los 35 años que La Ronda Segoviana lleva dedicada al folklore y la cultura tradicional.  Para su sorpresa, fueron muchos los compañeros de “andanzas” que les homenajearon públicamente: allí, y entre todos, destacó la presencia de “la flor y nata” o de mi querido folklorista Isamel Peña, rodeado por miembros de El Nuevo Mester de Juglaría, Pablo Zamarrón -en representación de La Órdiga- o miembros de las nuevas generaciones de músicos que ya se han abierto un hueco en la música tradicional, como Free Folk. Varios hermanos y familiares de apelllido San Romualdo, y algunos componentes de La Esteva -grupo de danzas-, también se sumaron a canturrear algunas coplillas para el disfrute del público asistente. Todos ellos, y con rosquillas en alto, dedicaron  a la Ronda Segoviana algunas piezas que resonaron en la memoria y en los labios de las gentes y que hoy ya forman parte del patrimonio inmaterial que se transmite de generación en generación.

Durante la primera parte del evento, los homenajeados fueron espectadores y público, y participaron de los agasajos y las carcajadas, pero después, y cubiertos de flashes mediáticos y de otros tantos de aficionados y amantes del folklore, ocuparon el centro del escenario para cerrar con sus voces masculinas una iniciativa a priori, sorpresiva, aunque anunciada en el programa oficial de San Frutos 2011. Felicidades desde aquí, porque de niña me asomé ilusionada a vuestro cantos recogidos en discos y casetes, y hoy, me sigo acercando más apasionada aún, a vuestras Rondas de amor y otras cancioncillas.

Pero, ¿por qué camisas bordadas en negro?

En estos 35 años de andadura de la Ronda Segoviana, no tengo peros que poner a su trayectoria, quizás sólo, y como investigadora de la indumentaria tradicional, su vestuario me sugiere unas sencillas preguntas: ¿por qué la uniformización de sus ropas: capa parda y faja azul?; ¿por qué visten camisas bordadas en negro -color identificado con el bordado femenino- si tradicionalmente las piezas testigo de camisas masculinas presentan sus bordaduras de cuello, pechera y puños en color blanco? Publicaciones de principios de siglo, como la Encuesta del Ateneo del 1902, o el libro de bordados de las Hermanas Alfaya de 1930, junto a un sinfín de fotografías antiguas, así lo manifiestan. Sólo como ejemplo, muestro un cuello de una camisa masculina bordada en blanco y procedente de Fresno de Cantespino (Segovia),  de la colección particular de Gloria Vitón.

Cuello de una camisa masculina bordada en blanco, procedente de Fresno de Cantespino (Segovia). Colección particular Gloria Vitón. Fotografía: Esther Maganto, primavera 2005.

Aún no he encontrado una razón convincente para comprender  por qué la gran mayoría de dulzaineros de la provincia de Segovia y los componentes de los grupos de danzas, usan camisas bordadas en tono oscuro, transmitiendo al público una imagen sin duda distorsionada, pero que se afianza desde hace cuatro décadas. Ésta cuestión, que algunos encuentran demasiado banal, marcan la frontera entre la historia que nos cuentan las piezas testigo y la propia evolución de la indumentaria tradicional.

Entre las problemáticas a las que nos enfrentamos los investigadores en la actualidad, figuran entre otras: la innovaciones personales propias del individualismo que caracteriza nuestra sociedad -y que se dejan ver en fiestas como la de Santa Águeda-, además del intercambio de uso de prendas como las enagüillas, propias de danzantes masculinos, y que en muchos grupos de danzas son vestidas por mujeres para mostrar danzas de paloteo. La indumentaria tradicional se convierte así en una asignatura pendiente para todos aquellos se suben a un escenario, puesto que sus vestidos y ropas, y a la postre, “su imagen” es la que se queda en la retina de las gentes y, finalmente, en el imaginario colectivo, como real y verdadera. Una sola pregunta más: ¿cuál es la imagen que conservas de la labradora segoviana? ¿Gorro de paja y manteo amarillo? Sin duda, la realidad fue mucho más lejos, pero eso… será motivo de otra entrada en este blog.

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